‘Por la parte de Swann’, la literatura perdida

Leer a Marcel Proust (1871-1922) implica una vuelta, un retorno, una retrospección a la esencia más pura de la literatura, esa literatura conceptualmente artística, alejada del entretenimiento como último y único fin, más lindante a la expresión que a la exposición, más distante a la complacencia que al reto. Y es por esto mismo por lo que normalmente la excelsa y poliédrica –y aparentemente críptica– prosa del este escritor francés es tomada como algo inaccesible para unos, insoportable para otros y un desafío para otros tantos; pero ni mucho menos la escritura de Proust –al menos en este Por la parte de Swann– es ardua, abstrusa o incomprensible, basta acercarse a ella con algo de interés y visión para descubrir la más fina y divina forma literaria que podemos leer, rica en multitud de matices, aristas, recovecos narrativos, digresiones y toda una pléyade de infinitas pinceladas sólo al alcance de unos pocos maestros. Proust, como uno de los escasos y verdaderos apologetas del arte, dirige su mirada a lo expresivo, a la transmisión de su particular cosmovisión, derivada de su peripecia vital, determinada por su púdica homosexualidad. Así, su escritura queda definida por una búsqueda, un viaje cuyo fin es su propia identidad y de su tiempo –perdido–, y ello propicia un alejamiento decidido de ofrecer una mera forma de entretenimiento y diversión, en beneficio de una plasmación de lo sensorial y lo introspectivo. Sequir leyendo en Ensayos de Incertidumbre

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